lunes, 20 de abril de 2015
Hace un par de años, en uno de mis cursos de computación para chicos, había un alumno de esos que las maestras de grado desearían colgar del mástil de la bandera (y mis deseos en algunos momentos no estaban muy alejados de eso). Uno de esos chicos que, con apenas 9 años, logra desestabilizarte.

Era el típico chico que "siempre molesta", el que te alborota el aula entera sin ser un líder, el que molesta a todos, y a su vez se convierte en chivo expiatorio cuando los demás molestan, porque es fácil culpar al que "siempre molesta". Uno de esos chicos que puede estar tranquilo por momentos, pero cuando alguien enciende la mecha, se activa y no para. El chico que juega bruto, el que no escucha tus indicaciones y tenés que repetirle todo pero no porque no entiende, sino porque lo que decís pasa desapercibido en su estado de "éxtasis".

Para un psicólogo o psicopedagogo sería un caso típico de "síndrome de déficit de atención", pero para mí era simplemente un chico, con falencias que a su edad se manifiestan de esa manera. Hijo único, y de padres ya entrados un poco en edad. Ese era el punto de partida.


Claramente él necesitaba más atención, pero en la casa. Necesitaba hacer cosas de chico que no estaba haciendo. Necesitaba hacer alguna actividad extra-escolar, algo que le guste y le permita gastar energías. Necesitaba, tal vez, un hermano con quien jugar, con quien pelear, y con quien sentirse par.

Yo tenía pocas opciones... una era matarlo, fácil y rápido. Otra era hacerle la guerra (su guerra) y tenerlo siempre en penitencia y retándolo, denigrándolo delante de sus compañeros y demás; esa hubiera sido una solución, a corto plazo, y para mí, pero hubiera acentuado su situación a futuro. O podía también buscarle la vuelta, llevarlo por donde él quería ir, dejarlo ser libre... dejarlo ser niño... dejarlo ser.

Y eso hice, porque además estos chicos que "siempre molestan" llevan cualidades ocultas que necesitan ser explotadas, y la de él quedó de manifiesto en seguida: su cerebro. Así que tenía en mis manos un elemento que podía exprimir gratamente. Por supuesto que un chico así se iba a aburrir en la escuela, y en mi curso de computación. Su cuerpo de 9 años lo obliga estar ahí, pero su cerebro lo manda a fabricar bombas nucleares (entiéndase la metáfora).

Es un cerebro que no escucha las indicaciones, porque no las necesita, las puede deducir. Un cerebro que, mientras entregás una hoja con un trabajito y te disponés a explicarlo, te devuelve la hoja con todo hecho, y bien. Un cerebro con una capacidad imaginativa genial, y mientras los demás hacen un dibujo de una casa y un auto (porque el profe lo dijo), él te hace un castillo, rodeado de una fosa con agua, con un carruaje en la entrada, puente levadizo, en el medio del bosque, en un día soleado... y por supuesto, lo termina antes que los demás.

Así fue como este chico con "déficit de atención" se ganó unas cuántas penitencias, algunas que lo llevaron al borde del llanto. Se ganó alguna que otra charlita con los papás. Se ganó gritos. Y se ganó el rechazo de sus compañeros, que festejaban (literalmente) los días que él faltaba.

Pero a su vez se encontró con alguien que no lo ponía en penitencia porque estaba hinchado las pelotas, sino que le explicaba los motivos de la sanción, y lo hacía recapacitar. Alguien que lo mantenía entretenido, a pesar de que sus compañeros más de una vez preguntaron "¿por qué él está jugando?" o "¿por qué él está haciendo otra cosa?".

Terminado el cuatrimestre finaliza el curso "básico", y en la segunda mitad del año los chicos concurren al curso "avanzado". Si bien no están obligados, generalmente es así. Y los mismos chicos asisten también a inglés, el mismo día, con la misma modalidad, de modo que puedan estar toda la mañana ahí.

La cuestión es que para el segundo cuatrimestre sus compañeros esperaban no verlo, y lo mismo esperaba el docente de inglés que ya no podía lidiar con él. Y la suerte estuvo repartida... el profe de inglés tuvo su cuatrimestre de tranquilidad, porque este cerebro inquieto decidió no asistir, pero sus compañeros tuvieron que seguir soportándolo, porque sí decidió ir a computación, donde la pasaba bien y se divertía (claramente las penitencias fueron efímeras).

Así que acepté el reto, con el mismo plan que venía dando resultados. Y el desarrollo de los meses fue cada vez más ameno para todos, y más relajado. Finalizado el cuatrimestre correspondía tomar una evaluación, un formalismo de las entidades educativas, ¿pero qué hizo el cerebro inquieto? Se rebeló, se negó, él no quería someterse a una actividad obligado, y donde debería demostrar algo que ya estaba demostrado por demás. El problema es que un cerebro así, si no se deja ser libre, empieza a boicotear la realidad. Ese cerebro necesita, básicamente, hacer lo que se le cante.

Y eso hizo, su evaluación se basó en lo mismo que los demás: un trabajito en Power Point, con la diferencia de que los demás tenían consignas claras, mientras que él era libre. De todos modos no me hacía falta ni corregirle para saber que iba a terminar antes que los demás y con un trabajo mucho mejor (y así fue). La grata sorpresa fue que, en su creación, aparecí yo; el cerebro sabe (por sus capacidades) que está haciendo algo que no debería, entonces necesita anotarse un poroto, necesita convencer a quien tiene del otro lado, para que siga siendo "amigo" y lo siga dejando hacer lo que quiera.

Y acá estoy yo, con mis rizos dorados. ¡Igualito!



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